martes, 26 de marzo de 2013

Stratford Caldecott. El Poder del Anillo. Trasfondo espiritual del Hobbit y el señor de los anillos.

Tras el fiasco que me lleve con el libro de Pearce, obra oportunista al hilo de la última película de "el hobbit", me acerque escamado a la que publica Encuentro de Stratford Caldecott. El primero  es un libro de apolegética simple con lecturas simples muy poco tolkinianas, una especie de Evangelio contado a los niños o las ridículas comparaciones de Crónicas de Narnia. Todo muy cristiano pero todo muy banal.
Caldecott frente a Pearce no decepciona. Desde que tuve el honor de conocerle en Cracovia sabía de su compleja relación con un paganismo que había sido incluso una experiencia personal.
Es evidente que esto no ocurre con Tolkien, firme e indubitado católico siempre, pero las peripecias de Caldecott le permiten entender lo que Gómez Dávila describia tan bien: Soy un cristiano sobre criptas paganas. Y eso es lo que aflora en el Señor de los Anillos y en la lectura del libro que comentamos. Una compleja y real mitologia inspirada por un profundo conocimiento del Mito, especialmente del islandés, leido eso si, como buena parte de la reconstrucción de los mitos, con ojos cristianos.
Caldecott huye entonces del mimetismo Galadriel-Virgen, o Aragorn-Cristo, pero analiza con un rigor extraordinario el juego de la belleza y la música en el Silmarillion, la Tierra herida por el mal, la superioridad del Bien, el peligro de la lógica técnica.
Sitúa al Señor de los Anillos en el conflicto entre el bien y el mal que observó a lo largo del Siglo XX, desde que la terrible guerra de trincheras enfrentó al europeo con el horror de la técnica. En este punto el impacto de la tecnología destructiva sobre la tierra, la contaminación del alma humana, la perversión de uso del Poder del Anillo sitúan a Tolkien entre los autores que enfrentados con el nihilismo intentan una superación.
Quienes lo logran lo hacen aplicando una máxima heideggeriana muy poco heideggeriana, "sólo un Dios puede salvarnos". Tolkien, como Gómez Dávila, que lo leyó, busca ese Dios en el único sitio donde puede encontrarse, es decir, en Dios, y lo sigue a traves de la prefiguración de los mito paganos.
Me interesa entonces menos, el esfuerzo, irrelevante desde mi punto de vista, de Caldecott de encontrar similitudes entre el relato de la Creación de Tolkien y el del Génesis, que la acertada visión del "pecado" de Saruman o la convicción de que la sociedad entregada al poder técnico creyó deificar al hombre y ha terminado fabricando orcos.

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