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martes, 20 de octubre de 2015

La traición de los clérigos o como no desentonar.

Nadie como Benedicto XVI vio el problema contemporáneo y la trágica situación de una Iglesia qu,e corrompida en buena parte de sus personas y organizaciones, había confiado en la posición optimista de San Juan Pablo II. Probablemente habría que tener su santidad para ver más allá pero sin esa el veredicto parecía claro: El mundo triunfante tras el 89 era creciente mente anticristano,  pues ya no necesitaba al cristianismo o sus formas políticas para hacer frente al comunismo. Había que volver a las contra utopías de Benson para recordar un exacto relato de aquello que nos esperaba.
Benedicto XVI hizo todo lo exigible en un breve pontificado  por purgar a la Iglesia de algunas de sus corrupciones, especialmente en lo que se refiere a los abusos sexuales cometidos generalmente por  pederastas pertenecientes al clero o a grupos vinculados a parroquias y colegios. Pero no fue esa depuración  la que desencadeno  los acontecimientos que llevaron a su inexplicada renuncia. Las razones más poderosas hay que buscarlas en lo que se llamó la traición de los clérigos,  que está lloviendo desde  los años sesenta y se manifestó especialmente en la moral sexual. Evidentemente el proceso al volverse a poner en marcha se ha centrado de nuevo en lo mismo. Se disfrace de misericordia o de apertura al mundo.
La traición de los clérigos tal como me la explico alguna vez Gonzálo Herranz procede del temor de los pastores a perder un rebaño que bruscamente marchaba en otra dirección.  La opción que se tomó,  especialmente en las órdenes religiosas, fue ponerse a la cabeza de la manifestación. El asunto es más complejo pues conlleva también una apostasía masiva explicable, probablemente, desde la adoración al hombre de la religión democrática. El caso es que la protesta de Pablo VI y la restauración de San Juan Pablo parecía que reaccionaban a la traición,  presente y oculta sin embargo en las entrañas de  toda una generación de clérigos.  El diagnóstico de Benedicto XVI sobre la verdadera situación del cristianismo, sin embargo, reavivo la llama de quienes no se conformaban.
Simplificando Benedicto XVI nos previno de un cambio  del cristianismo en el mundo,  una situación de minoría y de fidelidad, frente a un mundo mayoritariamente no cristiano.  En ese contexto no se mostró apocalíptico,  ni mucho menos,sino que dedico enormes esfuerzos a plantear el papel general de esa postura minoritaria. No me sorprende que sus mensajes  atrajesen  a valiosos miembros del mundo intelectual.  Por fin alguien se alejaba de la banalidad reinante.
Sin embargo, la nueva postura resultaba insoportable para los líderes sociales eclesiásticos que, incapaces de aceptar su obligación de presente, la fidelidad, y su posición disidente de futuro,  han pasado al contraataque con el realineamiento con las posturas mayoritarias. Tenemos así una agenda que parece sacada de los editoriales del New York Times. Por supuesto es difícil admitir lo que se está haciendo, incluso ante uno mismo, y por ello, la naturaleza humana es así,  se ha manipulado el lenguaje hasta el extremo. La fidelidad es dureza, la claudicación valentía,  la adaptación al mundo caridad. Se actúa como si no mandasen los que mandan. Por ello la claudicación ante un Herodes se llama caridad y la vociferante denuncia que costó una cabeza o el gélido silencio que condujo al Calvario se leerían como dureza de corazón con un pobre pecador.
La salida por la tangente se refuerza con una mascara tan vieja que ya harta. Se trata del  truco trilero de afirmar que no se toca en nada la “doctrina”, ya se sabe los teólogos se pirran por la doctrina , y decir que lo único que se está haciendo es una adaptación “pastoral”. Creo que alguno esta llevando la comparación ovejuna demasiado lejos.
Por supuesto yo no estoy para decir quien debe comulgar y quien no, y no me veo subiendo listones que no se si podría saltar, pero me limito a constatar un hecho que me parece irrefutable. Todo lo que se ha hecho en los últimos cincuenta años ha sido trivializar la comunión y el efecto ha sido una protestantización de como se entiende el sacramento. Supongo que se me argumentara en contra. Me da igual. Estas cosas que veo con meridiana lucidez no me las van a refutar con construcciones mas o menos dogmáticas. Defectos de mi gomezdavilianismo.

Por cierto a don colacho le hubiese gustado el giro malthusiano del último año pero ese es el último tema en el que no estoy de acuerdo con Gómez Dávila.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Ideología de género y pretensión gnóstica. A propósito de un texto de Benedicto XVI.

En esta frase de Benedicto XVI se observa la vinculación entre ideología de género y pretensión gnóstica es decir intento del hombre de definire a si mismo o mejor de "crearse" a sí mismo.


La "falacia profunda" de la ideología de género
El gran rabino de Francia, Gilles Bernheim, en un tratado cuidadosamente documentado y profundamente conmovedor, ha mostrado que el atentado, al que hoy estamos expuestos, a la auténtica forma de la familia, compuesta por padre, madre e hijo, tiene una dimensión aún más profunda. Si hasta ahora habíamos visto como causa de la crisis de la familia un malentendido de la esencia de la libertad humana, ahora se ve claro que aquí está en juego la visión del ser mismo, de lo que significa realmente ser hombres. Cita una afirmación que se ha hecho famosa de Simone de Beauvoir: «Mujer no se nace, se hace» (“On ne naît pas femme, on le devient”)En estas palabras se expresa la base de lo que hoy se presenta bajo el lema «gender» como una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía. La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidenteEl hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear. Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente esta dualidad como dato originario es lo que se impugna. Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre estoHombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad. La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elige para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya. Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente. Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación. Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia. Bernheim muestra cómo ésta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su serEn la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre”.